
Por Tairis Montano Ajete
Dormía la siesta del mediodía, contemplando el sueño de mi nieto Diego, cuando alguien tocó a la puerta. El aire traía un resplandor distinto, como si la noticia que llegaba pudiera cambiar el ritmo de la tarde. Era el doctor Agustín Márquez Oquendo, matemático de vocación, quien venía con un brillo doble en los ojos: acababa de ganar el Premio Convocatoria Primeros Pasos de la Poesía 2026.
La noticia lo sorprendió en un escenario inesperado: en medio del tribunal de calificación de las pruebas de ingreso. Allí, rodeado de colegas y estudiantes, entre números y evaluaciones, recibió la confirmación de que su cuaderno “Premio a lo imposible” había sido elegido por el jurado. «Fue una doble satisfacción —me dice—, porque mientras cumplía con mi deber como matemático, la poesía me regalaba su primer reconocimiento».
Lo encontré luego sentado en mi sala, con la serenidad de quien ha dedicado años a los números y ahora descubre que también puede ordenar el mundo con palabras. «La matemática me enseñó a buscar la exactitud; la poesía me obliga a aceptar lo incierto», confiesa, mientras acaricia el cuaderno que lo llevó a la victoria.
El concurso, convocado por el Centro Provincial del Libro y la Literatura y el Centro Cultural Hermanos Loynaz, había nacido para celebrar el Día Mundial de la Poesía y dar voz a autores inéditos de Pinar del Río. Entre poemarios llegados desde talleres literarios, el suyo fue elegido por un jurado de prestigiosos poetas cubanos. «Es mi primera edición, mi primer vuelo. Vengo de los talleres, de noches en que la escritura era apenas un desahogo. Hoy siento que esos versos se han convertido en un camino», añade.
Su obra, compuesta por dilemas íntimos y reflexiones sobre la vida, recuerda que la poesía puede surgir en cualquier territorio, incluso en el de las matemáticas. «Premio a lo imposible es mi manera de nombrar lo que parece inalcanzable, pero que nos sostiene», dice con voz pausada, como quien mide cada palabra con la misma precisión con que mide ecuaciones.
El galardón le entrega un diploma y la promesa de publicación en el Plan Editorial 2027, pero más allá de eso, le abre la puerta a un nuevo universo. «Los números me enseñaron a resolver problemas; la poesía me enseña a convivir con ellos», sonríe, con gratitud y asombro.
Mientras Diego sigue durmiendo, el doctor Márquez Oquendo permanece sentado en mi casa, como si el tiempo se hubiera detenido. Afuera, la tarde se enciende con un resplandor que parece anunciar que la poesía ha encontrado un nuevo guardián en Pinar del Río. Y uno entiende que, a veces, lo imposible también puede ser alcanzado.





