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Barbados aún nos duele

El terror todavía nos sorprende cuando miramos los rostros de aquellos juveniles, casi niños, que abordaron el vuelo 455 de Cubana de Aviación, el 6 de octubre de 1976, desbordantes de alegría y euforia por la victoria alcanzada en Caracas, Venezuela, en el Campeonato Centroamericano y del Caribe de esgrima. ¿Cómo pudieron cometer tan horrendo crimen? ¿Cómo es posible tanta maldad?, nos volvemos a preguntar.

La piel se nos eriza cada vez que escuchamos la grabación de la caja negra, única sobreviviente de la explosión y testigo de la barbarie en pleno vuelo. “¡Pégate al agua Felo! ¡Pégate al agua!”. Entonces quisiéramos que los milagros existieran y que al voltear la mirada, esa fuera solo la escena de una película de terror. Pero no, a veces, como fue el caso, la realidad es más espeluznante que el cine.

Nos ponemos en los zapatos de esas familias en el momento en el que les confirmaron que lamentablemente el avión en el que viajaban sus seres queridos había sufrido un ataque terrorista, y sentimos como propio su desconsuelo.

El pecho se nos aprieta cuando vemos la entrevista del padre de Nancy Uranga Rumagosa, con aquella humildad de guajiro bueno, diciendo: “Hoy igual que el primer día, siempre la estoy recordando, yo, la mujer… ¿Pero qué vamos a hacer? Veintipico o treinta años de ponerle flores…”.

La huella del terror nos marca cuando hablamos con Tin Cremata y nos confiesa que él siembra y siembra amor para que el odio no prospere, porque fue el odio que le arrebató a la persona más importante de su vida; su padre, la alegría de la casa. Cuando nos cuentan cómo tras perder a su única hija en aquel acto criminal, unos padres renunciaron a la vida. Cuando visitamos a un amigo como Raúl Rodríguez Bocalandro y reconocemos en el cuadro más grande de la sala el rostro joven y hermoso de su única hermana, quien también pereciera aquel 6 de octubre de 1976.

Los sentimientos no se nos contienen mientras pensamos en esos progenitores que no pudieron nunca más disfrutar la presencia de sus hijos, abrazarlos, mimarlos, tenerlos… Cuando imaginamos la orfandad que ensombreció los días de aquellos hijos que el terror les arrebató a su padre o a su madre.

El perdón se resiste a brotar en nosotros porque el adiós fue violento y para siempre. Porque una novia se quedó esperando. Porque una vida que recién había germinado en el vientre de una mujer no llegó a ver la luz. Porque muchas familias se quedaron con los brazos abiertos eternamente esperando el regreso de sus hijos.

Bien lo sabe el embajador de la República Cooperativa de Guyana en Cuba, Excelentísimo Halim Majeed, pues en aquel vuelo de Cubana que el terror hizo explotar en pleno vuelo venía su cuñado, Sasenarine Kumar.

«El 6 de octubre de 1976, el vicecónsul de Cuba en Guyana, Daniel Salas, visitó mi casa y ahí me contó la triste noticia de que el vuelo 455 de Cubana de Aviación lo habían volado por los aires. Vino a verme porque un miembro de mi familia estaba abordo de esa nave.

«Lo único que se pudo recuperar del cuerpo de él en Barbados fue su mano derecha que tenía un anillo con las iniciales SK».

Rememora el Excelentísimo Halim Majeed que entonces se armó el revuelo en Guyana y comenzaron a tensarse las relaciones entre su país y los Estados Unidos, desde donde se fraguó el crimen y en donde encontraron refugio -no justicia- los autores intelectuales del primer acto terrorista de aviación del hemisferio occidental.

«Estados Unidos retiró a su embajador de Guyana y nosotros hicimos lo mismo. Porque los dos criminales que pusieron las bombas sobre la nave fueron apresados en Trinidad y Tobago, pero por supuesto, los autores inelectuales nunca se enfrentaron a la justicia. Ellos buscaron y lograron tener refugio en Miami y vivieron hasta una bien avanzada edad».

Como muchas otras víctimas del terrorismo, este embajador tiene memoria e insiste en que el Crimen de Barbados tiene que recordarse y recordarse. Por ello, desde el 2016 que llegó a La Habana como diplomático, cada octubre auspicia una ceremonia de recordación, en la que no falta una oración por sus familias, para que reciban consuelo, y por el alma de estas últimas, para que alcancen la paz eterna.

Este 5 de octubre, el homenaje aconteció en La Casa del Alba Cultural de La Habana, la cual contó con una muestra fotográfica de Ismael Francisco, fotorreportero de Cubadebate, quien atesora en el lente de sus ojos y su cámara, imágenes impactantes de las huellas de dolor del Crimen de Barbados en sus víctimas. Probablemente la más icónica sea la instantánea de Fidel abrazando a Tin Cremata, hijo de una de las víctimas mortales. Igualmente, la foto de este acariciando el nombre de su padre en el monumento que allí honra a los caídos.

«‘Yo sentí a mí padre en el abrazo de Fidel’, así lo ha confesado Tin Cremata en varias ocasiones al referirse a esa primera fotografía. La otra también tiene una historia muy emotiva porque ese mismo día, después de concluir el acto de homenaje de los Jefes de Estado en la Cumbre Cuba-Caricom celebrada en Bridgetown, en 2005, Tin se quedó junto al monumento, no quería irse, pero ya cayendo la noche, conciente de que no podía permanecer más tiempo, acarició el nombre de su padre allí escrito; como despidiéndose de él», comentó Ismael Francisco a quienes en el encuentro le preguntaron por esas imágenes.

Al acto de recordación asistieron, entre otros invitados, miembros del cuerpo diplomático de los países caribeños, representantes del Minrex, el Héroe de la República de Cuba, Fernando González y el Comandante del Ejército Rebelde, Víctor Drake.

Hoy la injusticia volvió a temblar como el 15 de octubre de 1976, cuando nuestro Comandante en Jefe ante un mar de pueblo en la Plaza de la Revolución José Martí despidió a los mártires de Barbados. Porque hoy un pueblo enérgico y viril volvió a llorar a las víctimas del terrorismo.

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