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El pacto de Raudel con la vida   

Por Tairis Montano Ajete

La entrevista ocurre en la pantalla de un teléfono. Yo en Cuba, él en Venezuela. Las palabras viajan por WhatsApp, con pausas que no son silencios, sino respiraciones digitales: el doble check azul, el «escribiendo…» que aparece y desaparece.  

Raudel Iglesia Ramos no se define por frases grandilocuentes. Es médico general, diplomado en Medicina Física y Rehabilitación, y ahora cursa un diplomado en Fisiatría en Barinitas, estado Barinas. Pero lo que más lo distingue es la manera en que cuenta su historia: sin épica, con la serenidad de quien sabe que la vocación se construye en los detalles.  

—¿Cuándo empezó todo? —le pregunto.  

La respuesta llega en un mensaje breve: «Desde la secundaria. Un profesor me decía que yo iba a ser el médico de la familia. Al principio no lo tomé en serio, pero en el último año de preuniversitario me comprometí de verdad. Después vino el servicio militar y la confirmación: había sido aceptado en medicina».  

Su origen es obrero, seis hermanos, padres que se esforzaron para que pudiera estudiar. En casa, la medicina era conversación cotidiana: primos médicos, enfermeros, especialistas. Ese murmullo fue semilla.  

En septiembre de 2018 entró al Consejo Popular de Ciudad Bolívar, Consultorio No. 2. Su primer día fue un salto al vacío: el médico que debía acompañarlo no llegó. «Con temor, pero con apoyo de la enfermera del área, asumí mis funciones. Así comenzó mi vida profesional como médico de comunidad».  

Durante casi cuatro años, aprendió de las enfermeras que se convirtieron en hermanas. Luego vino la misión internacionalista en Venezuela: municipios de difícil acceso, partos de emergencia, aislamiento por COVID-19. Allí aplicó lo aprendido en Cuba y descubrió nuevas metodologías.  

La rehabilitación lo atrapó: «Me apasiona ver la evolución del paciente, cómo recupera su funcionalidad, muchas veces hasta un 100%. El agradecimiento sincero es la mayor recompensa». En medio de la pandemia, el miedo era palpable, pero él estuvo allí, en los centros de aislamiento, en las comunidades.  

Hoy combina terapias tradicionales con ozonoterapia. «Los pacientes nos ven como figuras de referencia por la forma humana en que brindamos la atención. Integro al paciente, su familia y la comunidad en el proceso de recuperación».  

La voz de los pacientes completa el perfil. Serly Monroy, venezolana, lo recuerda con gratitud: «Bueno, ¿qué le puedo decir? Uno de tantos médicos cubanos que han pasado por aquí, todos excelentes, pero usted marca la diferencia. Es más humanitario, más sensible, más condescendiente, más empático y respetuoso. De verdad, no hay palabras para definir lo que es el doctor Raudel. Simplemente lo vamos a extrañar mucho. Para mí, los mejores en Medicina, y más en Fisiatría y Rehabilitación, serán siempre los cubanos. Nada que ver con los venezolanos. Los defenderé a capa y espada dondequiera que se encuentren. Los cubanos serán los mejores rehabilitadores del mundo».  

Raudel lee ese testimonio y responde con modestia: «Si volviera a nacer, volvería a ser médico». En esa frase hay destino, pero también elección: la convicción de que la medicina es más que una profesión, es una manera de estar en el mundo.  

La entrevista termina, pero la sensación es que apenas hemos rozado la superficie. El perfil está en los pliegues: en cómo acomoda los libros, en la pausa antes de responder, en la manera en que se inclina hacia el paciente para escucharlo mejor. Raudel Iglesia Ramos no busca ser recordado como héroe, sino como médico. Y quizá, en esa humildad, esté la verdadera grandeza.

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