
En homenaje al 4 de abril
Por Tairis Montano Ajete
Salieron temprano. No por rutina, no por obligación. Salieron con ese impulso que nace cuando hay motivos más grandes que uno mismo. Bicicletas en fila, risas sueltas, y el aire fresco de La Fe acompañando cada pedalazo. Iban cargados de algo más que energía: llevaban arte.
El proyecto Cámara Chica y el grupo Renacer no necesitaron grandes escenarios. Les bastó el camino, el sol de la mañana y la certeza de que el destino valía la pena. Porque no siempre se trata de llegar, sino de lo que se lleva. Y ellos llevaban mucho.
La bicicletada avanzó hasta el puerto de La Fe, como quien va sembrando señales de vida a su paso. Pero el verdadero punto de llegada estaba en otro sitio: en la escuela primaria Calixto García, donde los pioneros esperaban —quizás sin saber exactamente qué—, pero con esa curiosidad limpia que solo tienen los niños. Allí, el arte encontró su lugar.
No fue un acto rígido, ni una presentación distante. Fue cercanía. Fue intercambio. Música, palabras, gestos… cosas simples que, cuando nacen desde lo auténtico, se vuelven memorables. Porque en días como este 4 de abril, no basta con recordar. Hay que sentir. Y los pioneros sintieron. Sintieron que alguien pensó en ellos, que alguien llegó hasta su espacio no para imponer, sino para compartir. Que el arte también puede ser una forma de abrazo, de enseñanza, de compañía.
Quizás mañana no recuerden cada detalle. Tal vez se borren los nombres, las canciones exactas, el orden de las actividades. Pero algo queda. Queda la emoción de la mañana distinta, el ruido de las bicicletas llegando, la sensación de que la comunidad se mueve, se une, se transforma. Porque hay cosas que no se enseñan en los libros, se viven, se pedalean, se construyen entre todos.





