
A pesar de todos los programas ya establecidos en nuestro Sistema Nacional de Salud por disminuir cada vez más las cifras de jóvenes embarazadas, sin dudas, este hecho sigue aquejando al mundo de las adolescentes.
En el materno Baraguá, los pasillos se llenan de historias que hablan de esperanza y de riesgo. Allí, a sus 17 años, Erismary de la Caridad Concepción Izquierdo espera la llegada de su primera hija.
Viene de Limones, una comunidad rural donde la adolescencia suele confundirse con la rutina del campo, pero en su caso la maternidad llegó demasiado pronto.
Con voz tímida, Erismary confiesa: “Al principio me asusté, no sabía cómo iba a ser todo. Pero aquí me han cuidado, me han explicado, y ya siento más tranquilidad. Lo que quiero es que mi niño nazca bien.”
La doctora Yudicel Ramos Corrales, especialista en Ginecología, explica que los embarazos en la adolescencia requieren un seguimiento estricto: “La edad es un factor de riesgo. No solo por las complicaciones médicas que pueden aparecer, sino también por el impacto social y psicológico.
Por eso cada caso se sigue de cerca, con controles frecuentes y acompañamiento.”
El materno Baraguá recibe cada año a decenas de adolescentes con embarazos de riesgo. Allí, además de la vigilancia médica, reciben orientación sobre alimentación, cuidados y preparación para el parto.
Para muchas, como Erismary, el centro se convierte en un espacio de apoyo y aprendizaje. Ella ya cuenta las semanas con ansiedad. Su mirada refleja la contradicción de quien aún conserva la inocencia de la adolescencia, pero carga en su vientre la responsabilidad de una nueva vida.
Entre la incertidumbre y la esperanza, su historia se convierte en símbolo de tantas jóvenes que enfrentan la maternidad temprana cuando la infancia aún nace en sus ojos y el futuro late en su vientre.
Tairis Montano Ajete
Priorizan atención a embarazadas adolescentes en Sandino





