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El péndulo y el pez lunar

Por Tairis Montano Ajete

Hace tiempo que no lo veía. Y fue a través de una videollamada por WhatsApp, para saber de mi salud, que empezamos a conversar. La pantalla se llenó de su rostro sereno, de esa calma que parece medir cada palabra, como si la poesía le hubiera enseñado a hablar con precisión y ternura.  

Osmany Echevarría Velázquez nació en Sandino, Pinar del Río, en 1979. Sandino huele a tierra mojada después de la lluvia, y ese olor fue su primera biblioteca. “De mi madre, Ana, y de mi padre  Onaldo heredé la humildad”, me dice. “Ellos me enseñaron que la grandeza no necesita ruido”.  

Pero no habla solo de ellos. Habla de sus coterráneos, de los vecinos que lo vieron crecer, de los amigos que aún lo acompañan. “Sandino es mi raíz. No importa dónde esté, siempre regreso. Mis coterráneos son parte de mi poesía, de mi manera de mirar el mundo”, asegura.  

Primero fue profesor de inglés. “La docencia me enseñó que las palabras son ventanas. Enseñar era abrir mundos a otros, mostrar que la lengua es un puente”, recuerda. Después vino el periodismo en Radio Sandino, donde aprendió a escuchar. “Escuchar es fundamental para escribir y para editar. La noticia me enseñó a traducir la realidad en palabras inmediatas”, afirma.  

Su voz poética se afiló en el taller de Nelson Simón, donde la exigencia era tan fuerte como la pasión. Allí publicó sus primeros textos en revistas y antologías, y allí empezó a recibir premios y menciones en certámenes provinciales y nacionales.  

“Confesiones de péndulo nació de la oscilación de la duda”, explica. “El péndulo es el tiempo, es la vida que se mueve entre extremos”.  

“Pez lunar es más onírico. El pez es fragilidad y resistencia, es la criatura que habita entre lo real y lo imaginado. Los peces también sueñan con la luna”, dice, y la frase queda flotando en el aire como un verso.  

Antes de llegar a la gran capital editorial, fue editor en la Editorial Hermanos Loynaz, donde se curtió entre manuscritos jóvenes y voces urgentes. “Editar es un acto de amor. Darle destino a un texto ajeno es como cuidar un hijo que no es tuyo, pero lo sientes propio”, asegura.  

He editado a autores nacionales como Pedro Juan Gutiérrez —un escritor cubano con una vasta obra que trasciende las fronteras de la isla— e internacionales como Laura Restrepo, de Colombia, voces imprescindibles en del panorama hispanoamericano. También he trabajado con Mylene Fernández Pintado, autora que recibió el Premio Nacional de la Crítica en 2024 y que tiene raíces sandinenses, y con Carlos Pintado, poeta reconocido internacionalmente y radicado en Estados Unidos, también nacido en Sandino. A esta lista se suma Marçal Aquino, de Brasil, quien obtuvo el Premio del Lector en 2024 con su libro Los Matadores, consolidando así la dimensión internacional de mi labor editorial.  

Hoy dirige la Editorial Arte y Literatura, heredera de una tradición que desde 1967 traduce y difunde voces universales en Cuba. “No lo veo como un cargo burocrático. Es un acto de resistencia cultural. Decidir qué libros llegan a los lectores es decidir qué mundos se abren, qué silencios se rompen”, afirma.  

La videollamada termina, pero queda la sensación de que Osmany es un péndulo que oscila entre lo íntimo y lo colectivo, y un pez lunar que nada contra la corriente. Profesor, periodista, traductor, poeta, editor: su vida es un tejido de palabras y silencios, de memoria y resistencia. Y sobre todo, un hombre arraigado a su tierra y a sus coterráneos, que lo sostienen como la lluvia sostiene la tierra mojada de Sandino.

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