CrónicaHistoria

Campanas de Baire, latidos de la Patria

Por Tairis Montano Ajete

El sol apenas despuntaba sobre los cafetales de Baire cuando el rumor comenzó a correr: “Hoy es el día”. Los hombres se miraban unos a otros con complicidad, y las mujeres, con el corazón apretado, alcanzaban a sus hijos para que guardaran silencio. El aire estaba cargado de nervios, de expectativa, de historia en ciernes.

De pronto, las campanas de la iglesia repicaron con un sonido distinto. No llamaban a misa, llamaban a la insurrección. El eco metálico se mezcló con el crujir de machetes desenvainados y el galope de caballos que bajaban por los caminos polvorientos. Era el reinicio de la guerra, la señal que José Martí había soñado y preparado desde lejos.

En Bayate, cuentan que un campesino salió con una bandera improvisada, apenas un paño blanco con trazos apresurados, pero que ondeaba con la dignidad de un símbolo eterno. En Ibarra, los primeros disparos rompieron la calma, y los vecinos supieron que la isla entera se estaba levantando. En cada rincón, el mismo sentimiento: la patria volvía a luchar.

Los protagonistas de aquel día ya no están, pero sus voces quedaron atrapadas en las historias que sus hijos y nietos repitieron una y otra vez. “Mi abuelo decía que las campanas de Baire se escuchaban como latidos de la patria”, recuerda un descendiente. Y así, la memoria se convirtió en relato, y el relato en identidad.

131 años después, ese capítulo sigue vivo. No como un recuerdo lejano, sino como una escena que se revive cada vez que Cuba celebra el 24 de febrero. Porque aquel amanecer no fue solo el inicio de una guerra: fue el inicio de un destino.

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