
Por Tairis Montano Ajete
De la Carildita de Sandino al profesor Márquez
Lo conocí no como profesor de Matemáticas, sino entre versos y metáforas, en los talleres literarios. Allí, con esa mezcla de rigor y ternura que lo define, me bautizó la Carildita de Sandino. Fue un gesto que parecía pequeño, pero que abrió un puente de complicidad. Después nos unió la amistad, y más tarde, como buen martiano, coincidimos en la Sociedad Cultural José Martí. El destino quiso que fuéramos casi vecinos, y entonces pude mirar de cerca la vida de un hombre que nació para trabajar, pero sobre todo para servir.
Agustín Márquez Oquendo carga en su historia la geografía de Cuba: nació en La Habana, vivió en Mantua, se afincó en Sandino. Entre la ciudad y el campo se formó su niñez, y ya desde la primaria enseñaba a otros lo que aprendía. En sexto grado, mientras los maestros faltaban, él impartía Historia y Ciencias Naturales. No era un juego: era vocación temprana.
En 1972 ingresó en la escuela formadora Tania la Guerrillera. Allí descubrió que las Matemáticas podían ser pasión, gracias a profesores que le ponían retos y lo empujaban a crecer. Se graduó en 1977 con el mejor expediente, y guarda con orgullo el recuerdo de la inauguración de la escuela, el diálogo con Fidel, y las enseñanzas de maestros que marcaron su vida.
Su práctica docente fue siempre más que un trabajo: fue entrega. En cada alumno dejó respeto y momentos que aún se recuerdan. Pasó por la secundaria, por la escuela Comandante Pinares, y nunca dejó de superarse: fue metodólogo, máster y doctor. La misión internacionalista lo llevó a Honduras en 2008, donde alfabetizó en comunidades apartadas. Más tarde, en Nicaragua, dejó como huella un monumento dedicado a Martí, Fidel y los Cinco Héroes. En Honduras, asesoró al Ministerio de Educación en currículo y formación doctoral, y alfabetizó a un hombre de 31 años que nunca había aprendido a leer ni escribir.
Su vida personal también es testimonio: se casó en 1977, tiene dos hijos —un profesor universitario y una ingeniera en Geología— y nietos que lo llenan de orgullo. La madre de sus hijos, ya fallecida, fue ejemplo para ellos.
Agustín es un hombre que se desdobla: estudió idiomas, fue dirigente cederista desde los 14 años, delegado del Poder Popular, y durante la Covid-19 se convirtió en mensajero. Su historia es la de alguien que ha hecho de cada día una ofrenda, convencido de que la verdadera grandeza se alcanza cuando se vive para los demás.
Y yo, que lo conocí primero entre poemas y metáforas, sé que detrás del doctor en Ciencias y del asesor internacional sigue estando aquel maestro que me llamó Carildita de Sandino, y que nunca dejó de creer que enseñar es también una forma de amar.