
Por Luis Calderón Canals
La violencia en las edades tempranas puede ser provocada por varios factores, entre los que ocupan un lugar prioritario la violencia intrafamiliar y los errores en la crianza de los hijos —sobre todo en el caso de los hijos únicos—, mientras que los trastornos psíquicos inciden en menor escala. No obstante, la práctica demuestra una mayor incidencia de casos generados por los dos primeros elementos, lo cual debe llevarnos a reflexionar y adoptar medidas que minimicen o solucionen los casos existentes.
La violencia en el marco de la familia se incrementa con las situaciones que causan estrés y sus consecuencias negativas sobrepasan el ámbito de la pareja para convertirse en un elemento perturbador de la tranquilidad y el bienestar hogareños. En buena parte de los casos, la violencia de los padres se descarga sobre los hijos en forma de castigos innecesarios, maltratos físicos o verbales y desatención de sus necesidades, capaz de causar daños físicos y psíquicos de gravedad.
Estos daños tienen repercusión negativa en las relaciones de los niños con sus compañeros, pero también en el aprendizaje, pues los niños violentos rara vez logran concentrarse adecuadamente, no admiten la colaboración para resolver problemas y presentan dificultades en el control muscular, en el cuidado de los útiles escolares y en el uso del uniforme.
A los niños con comportamiento violento casi siempre se les pretende aislar del colectivo, lo cual es un grave error: aunque existe el riesgo de que dañen a algún compañero, mientras más tiempo permanezcan lejos, más puede incrementarse la violencia por falta de actividad o de relaciones. Asimismo, es un error imperdonable que madres o hermanos mayores les pidan a los pequeños que «no se dejen dar» y que respondan con más violencia, pues se genera un círculo vicioso que puede convertir a una comunidad infantil en violenta.
Los padres y maestros deben caracterizar adecuadamente a los niños y adoptar medidas preventivas. La actuación violenta en edades tempranas suele ser instintiva, sin premeditación, por lo que el niño violento es también una víctima del fenómeno, aunque los demás sean víctimas de sus agresiones.
Los métodos educativos basados en el convencimiento y la acción colectiva, con reconocimiento de los progresos, suelen dar buenos resultados, a diferencia del castigo o la censura. Este es un proceso largo que requiere paciencia y dedicación. Quienes consideran que es algo pasajero se equivocan: si no se atiende, existen grandes posibilidades de que la violencia se agrave.