El asesor jurídico, brújula en la tormenta económica

Por Tairis Montano Ajete
El 3 de febrero, Día Internacional del Abogado, no se festeja con discursos huecos ni con placas conmemorativas. Se festeja —si acaso— en la respiración contenida de un asesor jurídico que, en medio de la crisis, se convierte en brújula.
Los nuevos actores económicos irrumpen con fuerza: cooperativas que buscan sobrevivir, unidades presupuestarias que se desangran en cifras rojas, empresas que mutan para no desaparecer. Y allí, en ese terreno movedizo, el asesor jurídico se vuelve imprescindible. No es un espectador: es el que traduce la urgencia en cláusulas, el que advierte que la necesidad no puede saltarse la ley, el que recuerda que incluso en la tormenta hay reglas que sostienen el barco.
Su jornada comienza con el eco de la crisis: llamadas que preguntan si es posible reestructurar deudas, correos que exigen respuestas inmediatas, reuniones donde se discute cómo estirar presupuestos que ya no alcanzan. El asesor jurídico no ofrece milagros, ofrece certezas: la palabra precisa, el artículo que protege, la advertencia que evita el colapso.
En esta nueva etapa, su oficio se parece a un acto de resistencia. Resistencia contra la improvisación, contra la tentación de saltarse normas, contra la idea de que la ley es un obstáculo. Él sabe que la ley es un mapa, y que sin mapa, el naufragio es seguro.
El Día Internacional del Abogado, entonces, ilumina al asesor jurídico como protagonista silencioso de la crisis. No aparece en titulares, pero su huella está en cada decisión que evita el derrumbe. Es el arquitecto invisible de la estabilidad, el que sostiene el hilo del orden en medio del caos.
Porque en tiempos de crisis, el asesor jurídico no solo interpreta leyes: interpreta el pulso de la realidad, y lo convierte en estrategia. Y esa es, quizá, la forma más pura de justicia.





